
Cuando el Señor profirió estas palabras, algunos de sus discípulos se turbaron y dijeron: "Es dura esta palabra, ¿quién podrá resistirla? Pues dicen que en este sacramento no está realmente el cuerpo de Cristo, sino sólo de una manera simbólica; de manera que lo que Cristo dijo al mostrar el pan: "Esto es mi cuerpo", se entendiese como si dijese: Esto es el símbolo o el signo de mi cuerpo; de modo semejante al símbolo que usa el Apóstol cuando dice: "Y la piedra era Cristo".Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles
(Sobre el error de los infiles acerca del Sacramento de la Eucaristía)
La posibilidad de que la vida humana esté completamente desprovista de significado puede ser mucho más deprimente y degradante que la 'foeda religio'.Y puede que tenga razón. Pero no deberíamos fingir que no hay un costo oculto en todo esto: la deshonestidad.
En Análisis Digital. Vía Óptica Libre.La concentración de pequeñas partículas en las grandes celebraciones eucarísticas católicas puede llegar a alcanzar los 220 microgramos (millonésima parte del gramo) por metro cúbico, cuatro veces más de lo recomendado por la Unión Europea. Desvela el “escándalo” el semanario Der Spiegel (nr. 32/2006), a sólo unas semanas de la visita a Alemania de Benedicto XVI. El autor del “estudio” es el climatólogo Stephan Weber, de la Universidad de Duisburg-Essen, que ha realizado las mediciones en una parroquia cercana a su domicilio, aunque amenaza con nuevos y más exhaustivos controles en la próxima Navidad, época en la que las iglesias utilizan incienso con más profusión.
Y aquí tenemos al Papa consagrando el vino, propiciando el "milagro eucarístico":Más allá de la cortesía, Ratzinger no prestó ayer especial atención a la falsa reliquia, que le fue presentada con todo el boato posible en la catedral de Valencia, delante de la Conferencia Episcopal en pleno. Quienes sí se entusiasmaron con el Santo Cáliz fueron los comentaristas y periodistas televisivos -tanto durante la retransmisión en directo como en los informativos-, dejando claro una vez más que el espíritu crítico permanece enjaulado cuando anda de por medio el Espíritu Santo. Hay, ciertamente, una historia de la copa desde la muerte de Jesús hasta su llegada a Valencia; pero, al igual que en el caso de otras reliquias famosas -como la sábana santa-, estamos ante un relato de ficción creado con el fin de proporcionar un pedigrí a la pieza.

IHoy, Jueves Santo, es un día importante para este blog, ya que en este día tradicionalmente se ha celebrado la instauración de la Eucaristía en la Última Cena. Por tal razón he ido a hacer “trabajo de campo” y a observar qué dicen actualmente los católicos sobre la Eucaristía. Y esto es con lo que me he encontrado:
II
En la hojita que han repartido, con la letra de los cantos, se encontraba la siguiente advertencia sobre “El sentido de esta celebración”:
“Hoy recordamos tres acontecimientos centrales de nuestra fe:
1.- El mandato del Amor: Dios es amor, y el Amor se ha manifestado en Jesús. Esto es lo que significa el “lavatorio de los pies”, que refleja la actitud de amor y servicio hacia los demás.
2.- La institución de la Eucaristía: En una noche santa como ésta, Jesús entregó su Cuerpo y su Sangre por nosotros.
3.- La institución del sacerdocio: En esta noche eligió a un grupo de hombres para que a través de ellos, Jesús se hiciera presente en el pan y en el vino. Los sacerdotes cumplen el mandato de ‘haced esto en memoria mía’”
En primer lugar, es importante destacar esto último, ya subrayado en este blog varias veces. Que Jesús, tras bendecirlos, estuviera a la vez repartiendo el pan entre los apóstoles y en el pan y en el vino repartido, es esencial para que tengan sentido las actuales consagraciones de ambas especies. Es este acto lo que repiten una y otra vez los sacerdotes a fin hacer presente a Cristo. Recitar las mismas palabras que dijo Jesús en la Última Cena es lo que convierte al pan y al vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, siempre que se den dentro de las adecuadas circunstancias (como que las diga un sacerdote y en una misa católica). El sacerdote actual es el Cristo de la Última Cena; las palabras actuales son la traducción de las palabras originales (en arameo, se supone) dichas en la Última Cena; el pan y el vino actuales representan el pan y el vino de la Última Cena; y el Dios que está cada día en el pan y el vino consagrados es el mismo Dios que Jesús repartió a los apóstoles. Es esta mimesis, por decirlo así, la que eficazmente obra en la Eucaristía. En consecuencia, si se negara la Última Cena, la Iglesia no podría sostener la Eucaristía. En otras palabras, la realidad de la Última Cena no puede desmitificarse, no puede reinterpretarse, como se ha hecho con muchos otros pasajes bíblicos. No puede reducirse a un género literario, ni a una parábola moralista sobre el amor y el sacrificio.
III
Curiosamente, en el día de la celebración de la Última Cena, la Iglesia católica ha establecido últimamente (tras el Vaticano II) que la lectura del Evangelio no sea una de las tres narraciones de la Última Cena presentes en los tres evangelios sinópticos (Marcos, Mateo, Lucas), sino una lectura del único evangelio que no narra la Última Cena: se lee el Lavatorio de los pies del Evangelio de San Juan (Jn. 13, 1-20). Veamos algunos versículos de este texto:
“…(Jesús) se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que estaba ceñido. (…) Después de que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”.
¿Por qué han eliminado el relato de la institución de la Eucaristía? Todo apunta a que la Iglesia ha pretendido justificarse a sí misma en estos tiempos de repliegue. El comportamiento adecuado ante el pan y el vino consagrados es el de adoración. La Iglesia católica ha querido lavarse la cara por este aspecto devocional ante críticas como la marxista de ver la religión como el opio del pueblo, como narcótico de las injusticias del presente a fin de evitar la acción real que podría poner fin a tales injusticias. Y así en el día que mayor devoción los cristianos han de mostrar ante Cristo sacramentado, ha establecido la lectura del Amor y del Servicio.
Por otra parte, con la vista puesta a la apología y defensa de la Iglesia católica, ésta prefiere resaltar su “labor asistencial” que su dogma eucarístico de que Dios está presente en el vino y el pan consagrados, o su filosofía de que las sustancias del pan y del vino han dejado de ser sustancias de pan y de vino para pasar a ser sustancias divinas. Su labor asistencial será alabada por ateos, impíos o herejes, mas el dogma y la filosofía que lo acompaña provocará risa o recelo.
Además de lo dicho, también se observa en la Iglesia católica tras el Vaticano II un giro general hacia el moralismo (ser buen cristiano es hacer obras moralmente buenas) y una atenuación de la creencia en la Eucaristía. Esto lo vamos a ver en los dos siguientes puntos.
IV
En los cantos de la celebración, casi no se hacía alusión a la conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. En cambio, se insistía mucho en el “amor” que los hombres deben tener unos por otros.
El canto de entrada decía:
“Alrededor de tu mesa
venimos a recordar
que tu palabra es camino,
tu cuerpo fraternidad.
Hemos venido a tu mesa
a renovar el misterio de tu amor.
Con nuestras manos manchadas
arrepentidos buscamos tu perdón”.
Las alusiones que se hacen en este canto a la Eucaristía son, en primer lugar, la palabra “mesa”, que se supone que es la mesa de la Última Cena donde se instituyó la Eucaristía, y el verbo “recordar”, aludiendo que la misa es una mimesis de la Última Cena. Pero nada se dice de la transustanciación, o de la presencia de Cristo en el pan y el vino. En lugar de ello se habla vagamente del “misterio de tu amor” y de la “fraternidad” del cuerpo de Cristo, esto es, de las relaciones morales entre los hombres.
La respuesta al Salmo era: “El cáliz que bendecimos es la comunión en la Sangre de Cristo". Sería mejor decir: “El cáliz que bendecimos es la sangre de Cristo”. Al introducir ese extraño cincunloquio con la palabra “comunión”, se hace referencia más bien a esas relaciones de amor y de fraternidad entre los hombres de que se hablaba en el canto de entrada.
Los cantos de comunión eran dos, y ambos hacían referencia al Lavatorio de los pies. El primero decía:
“Un mandamiento nuevo nos dio el Señor: que nos amáramos todos como él nos amó”.
Y el segundo decía:
“Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”
Parece que en Jueves Santo sería mucho más apropiado decir: “Donde hay pan y vino consagrados, allí está el Señor”, o algo parecido.
Estos cantos actuales contrastan fuertemente con los antiguos villancicos eucarísticos. Pongamos, como ejemplo, uno de José Español de la primera mitad del s. XVIII.
“Vengan a la mesa
y en ella verán
que en este pan hay sustancia ,
mas no sustancia de pan”.
Aquí se alude claramente a la transustanciación del pan en Dios (y juega con el doble sentido que en español tiene la palabra “sustancia”, que además de ser un término técnico filosófico, indica “algo de sustancia”, como ese caldo con sustancia de gallina de Fray Gerundio de Campazas)
V
Este mismo giro se ha podido observar en el sermón del sacerdote. Bien es verdad que abría su sermón afirmando: “Dios mismo está entre nosotros como pan, como alimento de la vida eterna”, aludiendo a los temas tradicionales de la presencia de Cristo en el pan consagrado y la relación de este hecho con la salvación del hombre. Sin embargo tal afirmación no era más que un simple adorno retórico, ya que el núcleo de su sermón se ha centrado en la crítica a la “civilización del poder”, producto de “la violencia que habita en nuestros corazones para imponernos a nosotros mismos por la fuerza”. A esta “civilización del poder” oponía el sacerdote la “civilización del amor”, la civilización que proponía Jesús en el lavatorio de los pies. Pensamiento bello (aunque peligrosísimo, cursi y estúpido) que nada tiene que ver con la Eucaristía.