I
Entre los Villancicos eucarísticos de José Español (ca. 1690-1758) que estoy transcribiendo, he encontrado el siguiente que puede iluminar el don de la Eucaristía tratado dos post más atrás. La letra dice así:
Estribillo
Adórote, mi Bien,
adórote, Señor,
y al infinito ser de tu bondad
quisiera yo igualar mi adoración,
mas cuanto cabe en mí,
mas cuanto puedo yo,
te ofrezco y sacrifico en oblación.
Y es tan grande la fe con que te amé
que aun se queda con deuda el corazón.
Coplas
1ª.- Todo holocausto te ofrezco,
pues tu piedad superior
por sacrificio agradece
lo que es restitución.
2ª.- Por adorarte, bien mío,
tu ser quisiera, pues no,
no hay amor fuera del tuyo
que corresponda a tu amor.
3ª.- Aunque pudiera ser más,
fuera Señor lo que soy,
contento con ser tu esclavo
porque tú seas mi Dios.
4ª.- Todo es nada en recompensa
de la fineza de hoy,
en que un amor infinito
la infinidad excedió.
II
Este villancico es una meditación sobre el acto de adorar o de dar gracias a Dios por parte del creyente. En concreto, se trata del abismo entre el favor de Dios y el agradecimiento por este bien por parte del creyente. Ante un favor tan inmenso como el de la Encarnación o el de la Eucaristía (en el fondo, ante la Salvación del hombre), todas gracias del creyente se quedan cortas.
El acto de dar gracias es tratado como la restitución de alguna deuda, como puede apreciarse explícitamente en el verso “que aun se queda con deuda el corazón”. La gratitud del que recibe el beneficio lleva consigo, además de la memoria del bien recibido, el deseo de pagar y corresponder a ese beneficio. Esta gratitud consiste, fundamentalmente, en el afecto y el amor (ése sería el auténtico sacrificio que ofrece el cristiano a Dios, como se repite en otros villancicos de Español). De ahí que se hable de “adoración”, de “la fe con que te amé”, de “corazón”, de “no hay amor fuera del tuyo que corresponda a tu amor”. Así pues, en el fondo, de la correspondencia de que trata el villancico es la correspondencia entre el amor de Dios hacia el hombre y el amor del hombre hacia Dios. Ahora bien, ambos amores nunca podrán igualarse. Y esto, según el texto, por razones ontológicas: Dios es infinito y el creyente limitado. Podemos leer, de acuerdo con esto, “al infinito ser de bondad”, referido a Dios, y “mas cuanto cabe en mí, mas cuanto puedo yo”, expresiones referidas al creyente y que aluden a su limitación. Y, de acuerdo al principio escolástico del obrar sigue al ser, el bien o el favor de Dios también ha de ser infinito, mientras que la gratitud del creyente ha de ser limitada
Teniendo en cuenta esto, la interesante dialéctica que se establece en toda la obra es el enfrentamiento entre la imposibilidad de corresponder al favor de Dios y el deseo del creyente de hacerlo. Aun cuando el creyente le ofreciera todo lo que pudiera, esto todavía sería insuficiente ante la magnitud del favor. No se conforma, sin embargo, con todo lo que puede y desea agradecerlo aún más.
Esta dialéctica llega a un grado tal que en la copla segunda el creyente desearía el ser de Dios para poder agradecerle adecuadamente sus favores. Sólo poseyendo un ser infinito, el creyente podría agradecer (mediante su amor) adecuadamente los beneficios de Dios, puesto que sólo el amor de Dios puede llegar a corresponder al amor de Dios. Curiosamente, en la siguiente copla el creyente rechaza el ser infinito de Dios, aunque fuera posible, pues en tal caso dejaría de ser esclavo de Dios y éste su Señor. Aunque el desnivel ontológico entre Dios y el creyente impide que éste pueda corresponder al amor de Dios, por otra parte instaura una relación de dependencia entre ambos, como amo y esclavo. Sólo gracias este desnivel cabe la “adoración”. Dios no se adora a sí mismo. Son sus esclavos, los entes inferiores, los que le adoran por sus favores. Por eso el creyente no desea el ser infinito de Dios, pues en tal caso dejaría de adorarle. Y es esta adoración y relación de dependencia lo que le hace estar “contento”. La dialéctica, pues, se concreta en que mientras el desnivel entre los dos amores hace sufrir al creyente, este mismo desnivel le hace feliz al permitirle adorar a Dios. De ahí que desee y no desee “ser más”.
III
El jesuita Indalecio Llera, en su manual para la Universidad de Deusto Teoría de la Literatura y de las Artes (1914), dice lo siguiente: “Gracia (charis) significa: 1º, la cualidad que hace simpático, amable y atractivo al ser que la posee; 2º, el favor, benevolencia y amor que se tiene al sujeto agraciado; 3º, el don que a uno se concede, sea agraciado, amable, simpático, atractivo o no lo sea; 4º, la gratitud del que recibe el beneficio, la cual lleva consigo la memoria del bien recibido, las palabras de acción de gracias, el deseo de pagar el beneficio y la remuneración” (pag. 33). Es interesante que, según esto, la palabra Gracia (charis) reúne en sí todo el proceso circular del don:
a) por un lado, charis es una cualidad que posee tanto el sujeto que ofrece el don como el que lo recibe (en el sujeto que ofrece el don, esta cualidad es el amor o la benevolencia, en el sujeto que recibe el don, esta cualidad es la cualidad de ser amable o atractivo) La circularidad del don se mostraría mejor si se llegase a afirmar que el sujeto A ama al sujeto B porque éste es amable, y el sujeto B es amable porque el sujeto A le ama.
b) por otro lado, el don va del sujeto A al sujeto B (del amante al amado, del benevolente al objeto de esa benevolencia), y se esmera una vuelta (en forma de otro don) del sujeto B al sujeto A.
IV
¿Qué queda de la circularidad del don en la onto-teología, o teología cristiana de carácter filosófico? Según el cristianismo, religión de tercer género, Dios es infinito. Esto queda muy bien plasmado en el villancico de José Español, donde se habla de “al ser infinito de tu bondad” y del “amor infinito” de Dios. Como hemos visto en la sección II de este post, si Dios es infinito, su don también lo es, según el principio de operari sequitur esse. Con esta infinitud, el círculo b) del don ha de desaparecer: no es posible la renumeración o restitución de la deuda por el favor, ya que las gracias finitas (e incluso la suma de todas ellas) no alcanzarán la infinitud del favor divino. La onto-teología también destruye el círculo a): la relación entre un ser benevolente o amante y un ser amado o atractivo (un ser que ha de tener otro al que amar y un ser que ha de tener otro que le ame). Si Dios es infinitamente perfecto, no puede existir ningún ser “agraciado” en comparación. Expliquémoslo algo mejor: dada una escala de perfecciones que vaya hasta lo infinito, cualquier perfección finita comparada con la infinitud en la perfección pierde su valor. Y si consideramos, además, que de esa perfección infinita dependen o derivan todas las demás perfecciones finitas, éstas dejarían de ser “agraciadas” por sí mismas y al amarlas Dios se estaría, en el fondo, amando a sí mismo.
V
El Villancico de Español no llega a estas conclusiones coherentes con la onto-teología. En el villancico se admite la imposibilidad del segundo círculo, esto es, la imposibilidad de corresponder al favor de Dios por sacrificarse y entregarse en la Eucaristía. Pero no llega a la destrucción del segundo círculo (el círculo del amor o de la relación de benevolencia entre Dios y el hombre). Así pues, la onto-teología no llega en este villancico a sus últimas consecuencias, tal y como las encontramos en Aristóteles, cuyo Dios filosófico no conoce ni ama al mundo y, más aún, al que le da igual que los hombres le conozcan o le amen. El villancico católico supone, a diferencia de Aristóteles, que Dios ama al hombre, aunque éste sea un ser absolutamente “desgraciado”, carente de toda gracia y amabilidad ante Dios (a lo sumo, Dios amaría en el hombre lo que previamente le ha dado, pero estaría en forma tan corrupta y finita que sería indigno de Dios que lo apeteciese o apreciara). El don de la Eucaristía se situaría, por tanto, en el contexto de un amor “gratuito”. El don sería obra de un amor infinito de Dios al hombre y no causado por alguna cualidad agraciada de éste. Lo que se elimina, pues, del primer círculo del don, de la relación entre el ser benevolente y el ser atractivo, es esta segunda parte y su causalidad. El hombre no puede ser atractivo ante Dios y, por tanto, su atractibilidad o amabilidad no puede ser causa de su favor. Dios no ama al hombre porque éste sea amable, sino porque sí, por su voluntad.
VI
Como conclusión, quisiera dejar claro que un ser infinito no podría tener en ningún caso relación con un ser finito como sería el hombre. A pesar de toda su onto-teología, José Español ha de seguir tratando a Dios como un ser capaz de amar, igual que un ser humano (o un perro) cualquiera. Sólo porque a ese ser infinito le aplica tales conductas no concluye en el Dios de Aristóteles. Ahora bien, concediendo dialécticamente que tal relación pudiera darse, Dios no podría amar al hombre pues éste, en su finitud, no sería amable ante el ser infinito. Y concediendo que Dios pudiera amar lo des-graciado, entonces el hombre no podría corresponder nunca al amor de Dios, aunque lo deseara con todas sus fuerzas. “No hay amor fuera del tuyo / que corresponda a tu amor”, dice en su segunda copla el villancico. Para restaurar esta deuda entre el don y las gracias, la teología dogmática acude a la dismembración misteriosa de Dios en las tres personas de la Santísima Trinidad: Dios Padre acepta el sacrificio de Cristo y lo “devuelve” otorgándole un lugar a su diestra.
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