Un Blog de la Eucaristía en Español. Los autores de este blog son ateos, por lo que su perspectiva quedará reflejada.



Luis Buñuel, eucaristía y "cine religioso"


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A pesar de que el "cine religioso" es un hecho pragmático indiscutible, pues ya forma parte del lenguaje convencional de los críticos de cine, de los cinéfilos, de los creyentes, teólogos y del público en general; además de que se publican artículos y libros e incluso se organizan periódicamente "festivales de cine religioso", sin embargo puede que la posibilidad de un "cine religioso”, en sentido pleno, no sea tan evidente para todos. A un panteísta acaso puede resultarle un mera redundancia hablar de "cine religioso", pues Dios es todas las cosas (Deus sive natura). Tampoco los iconoclastas, al estilo de Eustacio de Sebaste, podrían aceptar la verdad de este sintagma, pues lo declararían sin duda impío. ¿Acaso si Dios no puede ser encerrado en un templo, podría serlo dentro de una película de celuloide inflamable? Incluso si partimos de las enseñanzas cristiano-católicas (ortodoxas) que figuran en el catecismo del padre Astete, ¿no contradiría el cine religioso, si efectivamente lo es, a la definición de la fe en cuanto “creer en lo que no se ve”? ¿Y no es el cine religioso –católico- una representación icónica de ciertos contenidos dogmáticos ofrecida a la escala escópica, de la vista del creyente?

La segunda objeción sobre la "autonomía" del cine religioso procedería de ciertas filosofías del "giro lingüístico-hermenéutico". En efecto, muchos podrían plantear que el "cine religioso" es, en realidad, un sub-género del cine fantástico y de terror, a la manera como Borges consideraba a la teología una "rama de la literatura fantástica" o como muchos "posmodernos" consideran a la filosofía un "género literario" entre otros. Pero también cabría considerar la tesis contraria; es decir, que el cine fantástico y de terror sea un sub-género del cine religioso. Nosotros nos decantaríamos, más bien, por esta segunda posibilidad. Porque el contenido material de las películas de cine fantástico y de terror suelen organizarse precisamente en torno a la "refluencia de los númenes" y aunque éstos contenidos sean declarados "ficticios" no por ello dejan de ser muy influyentes en la conformación de visiones “mágicas” del mundo, compatibles con la "forma religiosa" de la Nueva Era (New Age), por ejemplo, pero incompatibles con la dogmática católica o calvinista. Por ello no son del todo gratuitas las críticas del Vaticano contra obras “literarias”, pero formalmente religiosas, como Harry Potter o El código Da Vinci.

El concepto mundano de "cine religioso" no es claro ni distinto. Mucho más si se procede a hablar sobre el enunciado titular careciendo por completo de una idea crítica y dialéctica de "religión"; una crítica prácticamente ausente en la mayor parte de los así llamados "críticos" cinematográficos, casta de “intelectuales” o periodistas que sin embargo siguen emborronando páginas y páginas sobre estas materias y otras no menos "elevadas". Por nuestra parte, si partimos del concepto materialista de religión (enunciado en El animal divino y otros ensayos) no bastará con hablar de "cine religioso", sino que habrá que precisar si se trata de religiones primarias, secundarias o terciarias. Así, cabe un cine religioso "primario" (Los pájaros, El oso, En busca del fuego...), cine religioso secundario (animes japoneses, cine de "superhéroes", etc) y cine religioso terciario. Y aún dentro de éste, cabe distinguir entre "cine religioso protestante", al estilo de Bergman o Dreyer, o "cine religioso católico", al estilo del cine religioso del "nacionalcatolicismo" español.

Recordemos que Rudolf Otto o Mircea Eliade organizaron la religión no ya en función del Dios trinitario o del Dios ontoteológico, ordo ad deum (el Dios de las religiones "terciarias") sino alrededor de "lo numinoso" o "lo sagrado"; ordo ad sacrum. Por ello, la "extensión" del concepto de "cine religioso" (una vez delimitada su "intensión") se extiende hacia mucho más allá del cine bíblico o del “área de influencia judeocristiana” (junto al "cine religioso cristiano", habría que situar el "cine religioso mahometano" o el "cine religioso de la New Age", el “cine religioso de los pueblos indígenas americanos”, etc).

Ahora bien este "cine religioso" (sea primario, secundario o terciario) se destaca sobre el "cine laico" y aún sobre el "cine antirreligioso". Es posible hablar, por tanto, de cine religioso en sentido material, y de cine religioso en sentido formal. Sin embargo, según pensamos, cabría hablar también de un cine, no ya sólo formalmente religioso, o bien formalmente antirreligioso (anticlerical, blasfemo o herético) sino sencillamente irreligioso, ateo. ¿Significa esto que el cine irreligioso sería un cine filosófico, de "segundo grado", en oposición al cine religioso de "primer grado"? No necesariamente, si se considera a la teología una forma de filosofía que, ante todo en su forma dogmática cristiana-católica estaría muy cerca de ser la anteasala de la impiedad, del ateísmo. ¿Pero cómo podría ser considerada "religiosa", en sentido formal, la obra de un ateo, salvo si media cinismo comercial? Este sería el caso del cine de Luis Buñuel (1900-1983), a cuya obra rehusamos clasificar de "blasfema", desde luego, y ni tan siquiera herética, pues su plataforma teórica sería más bien una forma de "humanismo ateo" externa a la religión. El "cine religioso" de Buñuel lo es en un sentido material (pues trata de la religión, sin confundirse con ella), pero no en un sentido formal.

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Sobre todo cuando el finis operantis de los cineastas no sea ambiguo, sino netamente doctrinal y apologético, el llamado "cine religioso", en sentido formal, ha de ser considerado un componente del finis operis de la propia religión. No sólo es que el milagro de Fátima es un "milagro cinematográfico", por su naturaleza icónica y escópica (la virgen se aparece "a la vista" de los pastores) sino que los propios films sobre el milagro (Fátima milagrosa -1928-, La señora de Fátima -1951- &c), habría que considerarlos componentes mismos del milagro de Fátima. Y no únicamente en un sentido muy general, a la manera como pudiera serlo El milagro de Candeal (Trueba, 2005) con respecto al “milagro poético-musical” de Candeal (en cuanto ciudad utópicamente redimida por los músicos), sino en un sentido mucho más esencial, ontológico. Sostenemos que el cine (canónico) sobre milagros representa componentes esenciales de las religiones positivas, y aún de la mayor importancia, en cuanto que forma parte, en nuestro caso, de la doctrina cristiano-católica y de la propaganda apologética del milagro, imprescindible para que éste no carezca de eficacia tanto teológico-pastoral (incrementando el número de feligreses) como política (en cuanto “milagros anti-comunistas”, por ejemplo). Es decir, aquí habría que descartar que La señora de Fátima (Gil, 1951), pongamos por caso, sea una suerte de metalenguaje con respecto al lenguaje objeto del milagro de Fátima (si se entiende por tal al conjunto de acontecimientos que abarcan "apariciones de la Virgen" o fenómenos sobrenaturales como la "danza" del Sol, y que tuvieron lugar en unas determinadas coordenadas físico-temporales, concretamente durante la tarde del 13 de octubre de 1917 en el pueblo portugués de Fátima). El “cine religioso”, en sentido formal, podría considerarse sin exageración parte de los materiales disponibles para la misma “fenomenología religiosa”. Otra cosa es que estos “fenómenos” sean después declarados falsos o verdaderos, en función de la filosofía o de la teología dogmática que sirvan como referencia crítica. Y es aquí, en el lugar de la verdad (que reside en las teorías y no tanto en los "hechos") donde se distinguen claramente las interpretaciones católicas o no católicas de los fenómenos religiosos, incluyendo a la eucaristía "filmada" dentro del cine religioso formal.

Debemos ampliar, en consecuencia, la noción de "milagro", si se quiere dar beligerancia a las interpretaciones espiritualistas de esta “fenomenología religiosa”. El milagro de Fátima, al que nosotros hemos considerado "milagro espontáneo" precisa también de su "producción" fenoménica por medio de la doctrina y de la propaganda apologética. Unos cuantos fenómenos físicos, supuesto que estos existan (y aún poniendo entre paréntesis su verdad), no son suficientes para ser considerados milagrosos, por "evidentes" o "maravillosos" que fueran. A la manera como aquel cura-párroco declinaba asistir al escenario del milagros "producido" (por unos embaucadores) en el film Los jueves, milagro (Berlanga, 1957), antes de que "no fuera reconocido por la Iglesia". Nosotros diríamos; no se trata solamente de que fueran "reconocidos" por la Iglesia, sino de que fueran efectivamente "producidos" por ella (en cuanto productores "legítimos").

En cierto modo, las tesis de este artículo podrían considerarse una “radicalización” o “profundización” de las que ya defendiera Gustavo Bueno en su artículo Qué significa cine religioso. Puesto que, lo que venimos a decir, es que las relaciones entre “cine” y “religión” no serían ya sólo de analogía, sino incluso de identidad, de esencialidad. Y también, por cierto, entre “cine” y “filosofía”. No es sólo que quepa una interpretación filosófica de los fenómenos del cinematógrafo (por ejemplo, retrotrayendo el origen del cine hasta el tema de la “alegoría de la caverna”), sino que sería posible una interpretación cinematográfica de la propia filosofía (y de la teología), en cuanto sólo a través de las creencias e imágenes (pistis, eikasia) presentes en el cinematógrafo pudieran desenvolverse ciertos conceptos e ideas filosóficas, de la primera importancia.

Recapitulando. Para cualquiera que comparta una ontología naturalista, resultará evidente que todos los milagros son “milagros producidos" (por la doctrina de la Iglesia, o de las iglesias), y esto dando por supuesto que el milagro pide una explicación de naturaleza “sobrenatural” (no caben “milagros naturales” o “milagros según leyes naturales” como hemos probado en discusiones anteriores). Por su parte, el milagro eucarístico reviste una característica de especial interés, pues carece de ningún fondo fenoménico posible (ni mucho menos escópico, a la vista). No es un milagro "fenómenico" (la eucaristía no es un fenómeno), sino puramente doctrinal-dogmático. Es, pues, el milagro producido por excelencia, además, en cuanto hecho institucional obra de la Iglesia, y no tanto de las conciencias particulares de los creyentes, los videntes o los mismos dioses.

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No hay duda de que la eucaristía es una institución religiosa muy importante en la tradición cristiana-católica, como pueda serlo la ceremonia del té entre los japoneses o la interpretación de música de flauta en las iniciaciones baruya. Así lo atestigua, entre nosotros, la música religiosa (los villancicos “eucarísticos” que glosa esta misma página) la abundante literatura teológica y filosófica sobre la eucaristía, e incluso otros elementos de la “cultura extrasomática”, como los mismos cálices o las materias e industrias empleadas para la elaboración del pan ázimo.

Por otro lado, y desde el punto de vista “dogmático” y “filosófico” casi no hace falta justificar la importancia de la eucaristía. La cuestión de la presencia, real o simbólica, del cuerpo de Cristo en la hostia consagrada ha suscitado controversias y herejías que, a su manera, han ayudado a definir la ortodoxia (es evidente que las herejías han sido necesarias para la “buena salud” de la Iglesia: o pontet haereses esse).

Éstas y otras cuestiones “milagrosas” recoge Buñuel con preferencia en La vía láctea, film que realiza en 1969 con la ayuda de Jean Claude Carriere; una película eminentemente “irreligiosa” elaborada con materiales auténticos procedentes de la Biblia, otros textos canónicos, y el Diccionario de herejías del Padre Pluquet. Claro está, que la temática religiosa reaparece una y otra vez en el cine del director aragonés (Nazarín o Simón del desierto, serían también casos eminentes de “cine irreligioso”). Por lo que hace a la eucaristía, no hay que olvidar tampoco la estilización burlesca (no necesariamente blasfema) de la cena sagrada en Viridiana (1961) o el final comulgante de los burgueses atrapados en El ángel exterminador (1962) con el Te Deum de fondo.

En concreto, la cuestión de la eucaristía aparece, en La vía láctea, cuando los dos peregrinos, en su singular camino a Santiago, dan a parar a una casa de comidas en donde un militar y un cura mantienen una conversación. Como es habitual en este film, la discusión teológica comparece inmersa entre medias de contextos mundanos, lo que confiere un tono mágico pero extrañamente real. El militar expresa al sacerdote sus dudas sobre cómo el cuerpo de Cristo podría estar presente en la hostia, a lo que el religioso responde realizando una exhortación al misterio (“¿Qué sería de las religiones sin el misterio?”) después de dar un rodeo por otras explicaciones heréticas, y antes de regresar a ellas en el último momento de la escena. Entonces vemos como es transportado en ambulancia al hospital mental. Posteriormente, el pan consagrado vuelve a aparecer en otra escena, en la que el hereje obispo Prisciliano consagra una hogaza de pan antes de perderse en el bosque para “mortificar” su indigno cuerpo junto con dos bellas muchachas.

Esta dialéctica entre ortodoxia y herejía, capaz de enloquecer, fascinar o enervar a los hombres, domina toda la película. Sin embargo, aunque esta presencia de lo religioso es trascendental, y aún dominante (en el sentido de que proporciona el sentido unitario a la narración), sin embargo no diremos por ello que se trata de un caso de cine religioso en sentido formal. Se diría que el propósito de Buñuel, desde un humanismo ateo que toma distancias tanto del ateísmo “libertino” (contra el cuál también ironiza) como de la ortodoxia dominante, es mostrar la irracionalidad (o quizás, surrealidad) de la afirmación dogmática en su pugna contra las herejías (a las que presenta en ocasiones como paradigma del “libre pensamiento”). Esta toma de partido por el “cine irreligioso” (material) es visible particularmente en la última escena de la película, donde se desbarata cinematográficamente de modo magistral la cura milagrosa a ciertos ciegos por parte de Jesús.


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